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EL EMPRENDEDOR QUE NO EMPRENDE septiembre 19, 2017

EL EMPRENDEDOR QUE NO EMPRENDE

¿Cómo de parecido es el sistema de emprendimiento en España respecto al resto de Europa o de EE.UU.? La respuesta es contundente. Desde el punto de vista de la búsqueda de financiación…, poco o nada.

En recientes estudios, la Fundación de Estudios Financieros indica que hasta el 80% de la financiación total de las empresas españolas procede de los bancos, que en el caso de las pymes llega hasta el 90%. De aquí el enorme problema que se encontró la empresa española ante la última depresión económica y la consiguiente recesión del crédito, originando la “asfixia” de la mayor parte del tejido empresarial español.

Esto se encuentra en contraposición con lo que ocurre en otros lugares del mundo. En el caso de la economía europea, en la que los canales alternativos a la banca ya suponen solo el 35%, habiendo retrocedido en los últimos años desde el 70%, y fruto de esta última gran recesión. Más allá, en EE.UU. la financiación bancaria tan solo representa el 25%.

De todo lo anterior hay que comenzar a extraer conclusiones, ya que de ello depende la pervivencia y sostenibilidad de nuestro tejido empresarial.

En el caso de los emprendedores, no existe una cultura de “levantar capital” fuera del sistema bancario. Esto es, lo más sencillo para cualquier empresario ha sido acudir a la sucursal bancaria, presentar la idea o proyecto y pedir el dinero prestado, para devolverlo de una u otra forma.

Sin embargo, en EE.UU. la primera fuente a la que acude un emprendedor o empresario suele ser su entorno más cercano, lo que en Silicon Valley llaman las “3Fs” (familiares, amigos y locos). Personalmente considero que en España hemos limitado la capacidad que nos caracterizó durante muchos años. A saber.

La palabra “empresa” proviene del latín “emprenderé”, que significa iniciar una actividad con un cierto riesgo implícito. Tan solo con consideraciones bélicas, la Reconquista de la península, el descubrimiento de América o la propia invasión de Inglaterra, y un sinfín de ejemplos, se plantearon y fueron “empresas” (recuérdese la denominación “Grande y Felicísima Armada”, en referencia al término Anglosajón “La Armada Invencible”).

La palabra “empresa” ha sido empleado en todos los países. Era frecuente que varios mercaderes se reunieran en torno a una “empresa” para el flete de buques que propiciaran el comercio, o simplemente el de organizar caravanas. Ello permitía afrontar las dificultades entre varios emprendedores, diversificando el riesgo que “la empresa” llevaba implícito. Ejemplos son los de los comerciantes venecianos, holandeses, etc.

El significado “empresa” transcendió, y comenzó a aglutinar cada vez a más personas en torno a un rendimiento económico, siempre buscando la seguridad de la inversión, la disminución del riesgo.

Pero nos hemos adormecido. El emprendedor de ahora no es el mismo que el de hace unos siglos, ni tan siquiera el de hace unas décadas, ni mucho menos. El emprendedor trata de “crear” en el entorno de la financiación bancaria, obviando los orígenes del emprendimiento.

La banca trajo la facilidad para que casi cualquiera pudiera emprender (recuérdese el modus operandi en el crack del 29, en el que casi cualquier ciudadano solicitaba financiación para adquirir participaciones de empresas, y de aquellos polvos, estos lodos). Pero la banca adormeció al emprendedor.

Ha de considerarse que en España se ha perdido el conocimiento de siglos. Ha de considerarse que en EE.UU. no se ha perdido dicho conocimiento. Y habría que considerar que Europa está recuperándolo.

Ahora nos toca a nosotros recuperar el concepto “empresa” y volver a aglutinar a inversores alrededor del emprendimiento, de las ideas y proyectos del emprendedor. Hay muchas personas y empresas que estarían dispuestas a invertir en nuestras ideas, pero para ello es necesario que las compartamos y que convenzamos. Si al contar nuestra idea nadie apuesta por nosotros, seguramente no será todo lo buena que creemos. La banca puede ayudarnos (no siendo imprescindible o necesaria la validez de nuestra idea), pero a cambio de asegurar la operación con nuestros bienes, hipotecando nuestra capacidad de emprendimiento a futuro.

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